por andrés tejada gómez
En el universo cultural actual se extiende como una peste bíblica una enfermedad muy sucia y contagiosa. ¿Saben cuál es? Yo creo que sí, creo que tienen una clara sospecha pero no se animan a decirla en voz alta. Al menos no en público. Apenas sí se atreven a emitir un susurro, un murmullo. Ya lo sabemos: todo el mundo está lo suficientemente informado como para saber que algunos trapitos sólo se secan en casa. Y nada más que ahí. No está bien visto por el protocolo de las buenas costumbres arruinar el traje de tu amigo con tomates agrios y mustios. Mucho menos el día de su casamiento o de su estreno cinematográfico. No es un rol agradable el de aguafiestas. ¿Y si en vez de acribillarlo a él la aniquilamos a ella? Doblemente peor ensuciar a una novia o a una primera actriz. Eso no se hace, no es de caballeros: nuestros padres nos han enseñado a ser civilizados y correctos. A amoldarnos a la hipocresía nuestra de cada día. Pan y circo, eso somos. Por eso, si alguno de mis amigos me pregunta qué me pareció la película voy a decir una frase correcta y opaca: A mí me gustó mucho. Aunque eso, claro, no quiera decir nada. Pero no importa: también para eso están los amigos.